viernes, 25 de agosto de 2017

HOSPITAL DE SAN LÁZARO, HISTORIA Y RECUERDOS


En ocasiones, leyendo la historia de lugares o monumentos, afloran a tu mente recuerdos de tu niñez y juventud. Reminiscencias de tiempos pasados que evocas vivamente. Tenía apenas diez años cuando nos trasladamos a la nueva vivienda que mis padres habían adquirido en la avenida Diego de Almagro. Lo primero que hice fue asomarme al balcón para ver lo que desde él se contemplaba: Los campos cercanos eran un erial de lo que parecía haber sido una huerta y al fondo se observaba el campanario de una iglesia y otro edificio mayor. Cuando pregunté a mi padre por aquel lugar su respuesta me dejó sorprendida: “Eso es san Lázaro, es un lugar maldito. Debajo de ahí están enterrados los leprosos”. Mi mente de niña comenzó a formarse mil y una imágenes, aumentada por las leyendas que oía contar a los mayores. Nunca olvidemos que Sevilla es tierra de mitos, leyendas y tradiciones que jalonan su historia desde los primeros momentos de su creación, no iba a ser mucho menos la iglesia y el hospital de san Lázaro, lugar misterioso y desconocido para la mayoría del pueblo sevillano. Pero dejemos estos recuerdos de niña y vayamos a la historia real.
Izquierda, ilustración del edicto de Rothar, Museo de la Catedral de Vercelli.
Derecha: Grabado con la imagen de un leproso. 
Sus orígenes se remontan al siglo XIII, tras la conquista de la ciudad, a los almohades, los ejércitos castellanos establecieron en un lugar, al norte de la ciudad y retirado unos dos kilómetros de la misma, en lo que se conocería como la Huerta Grande y Huerta Chica, en las proximidades del Guadalquivir, un espacio para la atención de los enfermos de lepra, una enfermedad muy extendida durante la Edad Media y en torno a la que corrían infinitas y leyendas rodeadas de cierto miedo religioso. Los afectados por esa enfermedad quedaban desterrados de la vida común de las ciudades, teniendo que avisar de su presencia haciendo sonar unas tablillas que portaban. Desde el siglo VII, en el edicto del Rothar, rey de los lombardos, se estableció un ceremonial, la separatio leprosorum, que pronto se extendió por el resto de los reinos medievales, mediante el que los enfermos eran separados por completo del resto de la sociedad. Los cánones del III Concilio de Letrán (1179) contemplan que los afectados por la enfermedad de la lepra fueran aislados en capillas o lugares alejados a fin de no mezclarse con las personas sanas.
.En la imagen la que se conoce como “Torreblanca”, en el actual barrio
del mismo nombre de Sevilla.
La “torre de los Gausines” debió ser parecida a ella.
Allí, junto a una torre de origen almohade, la “Torre de los Gausines” conocida con ese nombre por haber sido erigida por dos hermanos alarifes, famosos en aquella época. En “Historia de Sevilla” de Alonso de Morgado, impresa en 1587 se puede leer: “La Casa está pequeño trecho de la ciudad en la Estrada Real, que va para toda Castilla saliendo por la Puerta de Carmona pegada con ella una Torre, que hasta oy permanece de tiempo de Moros. La qual edificaron los dos hermanos muy famosos, entre ellos, llamados los Gausines” (sic).
Rey Alfonso X, "el Sabio"
Es en ese lugar donde el rey Alfonso X, aunque aún algunos siguen manteniendo la leyenda de que fue Fernando III quien lo fundara,  inició la construcción del lazareto que debió de consistir en una serie de pequeñas casas ocupadas por cada uno de los enfermos, quienes debían encargarse de su mantenimiento y conservación, según se indica en las Ordenanzas del Hospital de San Lázaro redactadas en 1393, casi cien años después de la primera constitución del lazareto, donde textualmente leemos: “… e el dicho enfermo que en la dicha casa morare que sea tenido de la trastejar e enbarrar e limpiar los tejados a su costa e todas las otras cosas que ellas fuere menester de adobar e reparar asi de viejo como de nuevo”.
 
 Historia de Sevilla – Alonso Morgado
Siguiendo la lectura de la obra, ya citada,  de Alonso Morgado y las últimas investigaciones de Rafael Cómez Ramos, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla y de Fernando Vilaplana Villajos, arquitecto y profesor de la Universidad de Sevilla, conocemos que aquel lazareto no estaba compuesto solo por aquel conjunto de pequeñas casitas sino que en el mismo se encontraban otros edificios de mejor construcción que, como en todas las épocas y lugares de la vida, marcaba la distinción entre clases sociales. Así, en las mencionadas Ordenanzas leemos textualmente: “… e eso mesmo mando que sea fecho en los lugares que fueren asignados en los palacios en que moran los enfermos que trahyan mugeres e las mugeres que no an maridos”. “De todo lo anteriormente expuesto se deduce que al conjunto hospitalario se le llamaba la “casa de Sant Lazaro”, destacando sobre las pequeñas construcciones otras de mayor porte a las que denominaban palacios, así como la torre de los Gausines, probablemente residencia del mayoral, administrador del Hospital, y que en caso de peligro, podía convertirse en lugar de refugio y defensa.” (Rafael Cómez, “El hospital de San Lázaro en Sevilla. De fundación medieval a edificio renacentista”).
Planta del Hospital de San Lázaro, año 1685.
Joseph García, maestro de obras de albañilería y Juan Miguel Bermudo, maestro carpintero. 
No se puede precisar la fecha en que se comenzó a construir el edificio propio del hospital, pero sí se puede asegurar que su historia está ligada a la de Sevilla desde el mismo momento de la conquista de la ciudad a los almohades, considerándose, por tanto, como el hospital en uso más antiguo de Europa.  Sus primeras obras quedan sumidas en la nebulosa de la historia, fundamentalmente por las numerosas obras de reforma que ha sufrido todo el conjunto, pero sobre todo el edifico del hospital. Hemos hablado de conjunto, pues así se puede definir, pues la iglesia y el edificio del hospital están separados. “… se desligan las funciones religiosas de las hospitalarias propiamente dichas que en la Edad Media tenían lugar en el mismo espacio basilical con camas a ambos lados y altar en la cabecera” (Rafael Cómez, obra citada).
El hospital está encuadrado en lo que se denomina de tipo palaciano, caracterizado por ser un conjunto cuadrado o rectangular en torno a un patio.
1. Sebastiano Serlio. 2. Entrada principal del hospital en 1935.
3 y 4. Fachada actual del hospital.
A finales del siglo XV y, tal vez, enmarcado dentro del plan de reorganización de los hospitales acometido por los Reyes Católicos, se levantaría el claustro y las crujías principales del edifico, y poco años después, mediados del siglo XVI, se edificaría la nueva fachada arrancando de la Torre de Los Gausines, en cuya base se abrió la puerta principal. Fachada de clásico estilo manierista, inspirada en los modelos del insigne arquitecto italiano Sebastiano Serlio. Algunos investigadores mantienen con fundamento que el trazado de esa fachada fue obra de Hernán Ruiz II o el Joven.  “Por otra parte, si consideramos que Hernán Ruiz II hizo la traza de un crucero cuyo Crucificado y Dolorosa tallaría Juan Bautista Vázquez en 1564, destinado a las inmediaciones del hospital, parece posible que el Maestro Mayor de la Ciudad de Sevilla haya recibido el encargo de trazar la fachada del Hospital Real de San Lázaro. La alternancia de los módulos clasicistas del cuerpo superior con el característico óculo serliano así como el tratamiento en ladrillo del primer cuerpo abonarían nuestra hipótesis” (Rafael Cómez, obra citada).
Aquel crucero, a raíz de su traslado a principios del siglo XX, se encuentra en uno de los lugares más idílicos y recogidos del casco antiguo de Sevilla, la plaza de Santa Marta, rodeado por, según dicen, los cuatro naranjos más altos de Sevilla. Este lugar recibe su nombre de otro hospital existente en Sevilla desde principios del siglo XV, el hospital de Santa Marta, hoy desaparecido, cuyo objetivo era “dar de comer a los pobres”.
1. Imagen de la iglesia en 1923. 2. Estado actual del exterior de la iglesia.
2, 3 y 4. Imágenes del estado actual del interior de la iglesia (fotos de Honorio Aguilar, estudio de arquitectura)
Sobre la construcción de la iglesia se desconocen datos sobre la misma, aunque todo hace suponer que, en principio, se erigió antes del siglo XVI, pues su alzado corresponde a las características de las iglesias gótico-mudéjares sevillanas que proliferaron en la ciudad de Sevilla a partir de la segunda mitad del siglo XIII hasta el siglo XV. Es de planta rectangular de 24 por 16 metros, con distribución basilical de tres naves, siendo la central más ancha que las laterales. La techumbre es de madera en forma de artesa en la nave central y de colgadizo en las dos laterales. Techumbre cuya madera no es la original pues fue cambiada muchos años después. La parte posterior del altar mayor está cubierta con bóveda gótica de terceletes. El presbítero y la escalinata de acceso a él tienen un zócalo de azulejos del siglo XVI. Según se lee en “Memorias históricas de los establecimientos de caridad de Sevilla y descripción artística de los mismos”, de Francisco Collantes de Terán, catedrático de la Real Academia de la Historia, en 1864 se descubrió una pintura mural junto a la escalera del púlpito que representaba la Resurrección de Lázaro y que fue cubierta, con posterioridad, blanqueando dicha pared.
 
Izquierda: José Gestoso y Pérez
Derecha: Pila bautismal en el Museo Arqueológico de Sevilla
“Así pues, el aspecto del espacio interno del edificio, cubierto por armadura mudéjar, con el rutilante reflejo de los azulejos y el cromatismo de las pinturas murales del presbiterio fue muy diferente al actual, pues aun cuando no sepamos cual fuera la apariencia de las naves, hemos de recordar que a los pies de la nave lateral derecha existía una bellísima pila bautismal de cerámica vidriada en verde, de fines del siglo XV o comienzos del XVI, que fue depositada por la Diputación Provincial en el Museo de Bellas Artes y en la actualidad se conserva en el Museo Arqueológico de Sevilla” (Rafael Cómez, obra citada).
Esta pila bautismal se salvó del abandono en que se encuentra la iglesia gracias a la insigne labor, una más de las tantas realizadas en pro del estudio del arte y arqueología de Sevilla, del escritor, historiador del arte, ceramófilo y arqueólogo don José Gestoso y Pérez (1852-1917), (para quien esté interesado en los trabajos y la vida de este insigne sevillano recomiendo el libro “José Gestoso y Sevilla. Biografía de una pasión”, de Nuria Casquete de Prado Sagrera). Fue a principios del siglo XX cuando Gestoso hizo las gestiones oportunas para que esta pila bautismal fuera depositada en el Museo Provincial de Bellas Artes a través de la Diputación Provincial, como reza la inscripción, con caracteres góticos, que figura el el pedestal que se le añadió: “Pila Bautismal. Fabricación trianera. Siglo XV-XVI. Procedente del Hospital de San Lázaro. Depositada por la Excelentísima Diputación provincial en MCMVII”. Todo hace pensar que dicha inscripción fue realizada por Gestoso pues debajo de esa inscripción, aunque dañada, aparece la firma del mismo. 
La pila está realizada en barro urdido, una técnica que consistía en el trabajado del barro directamente con las manos, sin ayuda de torno. Está vidriada en verde en su cara exterior y en blanco la interior. La decoración, inspirada en elementos naturales, está realizada con piezas hechas en molde.
Detalle del Retablo Myaor de la iglesia de san Lázaro
Mención aparte merece el retablo, hoy totalmente abandonado a su suerte en medio del deterioro que sufre toda la iglesia. Por cierto declarada monumento nacional en 1964 y desacralizada en 1998, y de cuya conservación nadie quiere hacerse cargo, ni la Diputación, su propietaria según el registro, ni la Junta de Andalucía a través de Cultura o de Sanidad a quien le tiene cedido todo el conjunto de iglesia y hospital. Hoy se ha convertido en un almacén provisional para el hospital, y entre esos enseres amontonados se encuentra el famoso retablo que según el expediente de declaración, como bien de interés cultural, del 24 de junio de 1990, está compuesto de los siguientes elementos: Retablo, realizado en madera, tallado y dorado, de autor anónimo, datado de principios del siglo XVIII y perteneciente a la escuela del barroco-sevillano. Integrados en él se encuentran las siguientes pinturas: “Cristo con el Cirineo”, un oleo sobre lienzo de 41,5 cm de alto por 60,7 cm de ancho, de la escuela renacentista sevillana, datado en 1553 y atribuido a Juan Chacón. Más tres pinturas de Pedro de Villegas Marmolejo, de la escuela renacentista sevillana, en las que utiliza la misma técnica de oleo sobre lienzo: “Resurrección de Lázaro”, de 100 cm de alto por 61 de ancho; “Noli Me Tangere” (No me toques”), de 100 cm de alto por 61 de ancho; “Martirio de San Lázaro”, de 100 cm de alto por 61 de ancho.
Talla de san Lázaro obispo. A la dereceha, detalle ampliado del rostro
(imágenes: Mª Fátima Torre Ruiz)
En el inventario de bienes que la Diputación de Sevilla entregó a la Junta cuando el conjunto de la iglesia y el hospital de San Lázaro pasaron manos de esta, figura una relación de más de veinte objetos de los que se desconoce su paradero actual, entre ellos se encontraban dos óleos del siglo XVII, un cáliz del siglo XVII, un crucificado del siglo XVI atribuido a Roque Balduque y otras esculturas. Entre ellas debería encontrarse también una talla de San Lázaro obispo que Mª Fátima Torre Ruiz, en el enlace adjunto (https://www.upo.es/depa/webdhuma/areas/arte/atrio4/3.pdf) atribuye a Roque Balduque y en el que hace una completa descripción del estado de la misma.
En mi mente se agolpan los recuerdos de aquellos meses pasados entre aquellas paredes durante mis prácticas en enfermería. Cuán diferente era aquel entorno. Con el paso del tiempo llegué a conocer que aquel erial que había frente a mi casa había sido una frondosa huerta propiedad, posiblemente, de algún terrateniente que ni siquiera la visitaba, aunque sí lo hacían los familiares de enfermos cuando acudían de visita al hospital y dicha huerta era su lugar de solaz, ya que su puerta de entrada estaba prácticamente frente a la del hospital, como se aprecia en una de las imágenes en las que se remarca en color distinto. Aunque no todo eran paseos en aquella huerta, como aparece en otra de las imágenes las labores propias de cultivo y recogida eran las habituales.
 
Pintura de autor anónimo que muestra a la multitud, incluyendo enfermos y muertos,
ante el Hospital de la Sangre en 1649.
En la actualidad se conserva en el Hospital del Pozo.
En el ángulo superior derecho se ha incrustado una imagen del
escultor Juan Martínez Montañés.
Aquel veterano hospital había sufrido numerosas obras a lo largo de su historia, tiempos de bonanza durante el reinado de Felipe II que llegó  a incrementar la ración alimenticia de los enfermos, pero también épocas de escasez y penurias como la ocurrida a raíz de la epidemia de peste de Sevilla de 1649 que obligó a realizar obras para alojar a los convalecientes de la misma. Epidemia que supuso la despoblación de Sevilla, aceptándose por los historiadores la cifra de 60 000 fallecidos, muchos de ellos personajes ilustres entre los que se encontraba el escultor Juan Martínez Montañés. En 1800 una nueva epidemia, en este caso de fiebre amarilla, azotó la ciudad de Sevilla causando más de 15 000 muertes entre los casi 76 500 afectados. De nuevo el hospital de San Lázaro abrió sus puertas a los afectados, y fue en estas fechas cuando para dar sepultura a los fallecidos se creó, de forma provisional, lo que en 1852 pasaría a ser el actual cementerio de San Fernando.
El rey Carlos I y su esposa Isabel de Portugal 
Según la tesis mantenida por el arquitecto y profesor asociado de la Universidad de Sevilla, Fernando Vilaplana Villajos, algunas de las obras realizadas en el hospital significaron la intervención de arquitectos tan prestigiosos como Vermondo Resta, arquitecto Real del Alcázar de Sevilla, en una de las obras realizadas en el siglo XVI; y de Sebastián Van der Borcht, artífice de la construcción, entre otras obras destacadas en la ciudad de Sevilla, de la Real Fábrica de Tabacos, quien realizó un proyecto para el hospital. De igual modo mantiene que éste hospital fue el lugar elegido para recibir al rey Carlos I y su futura esposa, Isabel de Portugal, con motivo de su boda en Sevilla.
En la parte superior, almadraba de Conil en un grabado antiguo.
Debajo, almadraba de tiro
Hemos dicho que el hospital de San Lázaro pasó por verdaderas penurias económicas, muchas de ellas relacionadas con la situación económica de la ciudad, pues ha acompañado a la misma en su historia desde el siglo XIII. En la obra de don Antonio Hermosilla Molina, “Los hospitales de Sevilla”, conocemos que en el siglo XVIII el hospital sostuvo un pleito contra la casa de Alba al no recibir el tributo que le correspondía de seis docenas de atunes de las almadrabas de Conil y Vejer. Pleito que aunque fue ganado nunca fue cobrado.
Richard Ford
A tal punto había llegado su abandono y deterioro que en 1840 gran parte de él se encontraba en ruina. En 1831, Ridchar Ford, pertinaz viajero, además de dibujante e hispanista, escribió en su obra “Manual para viajeros por Andalucía”: “El interior es de pena, ya que los fondos de este verdadero lazareto son utilizados por los administradores para su uso personal más que otra cosa. Aquí se pueden ver casos de elefantiasis, la horrible pierna hinchada, una enfermedad corriente en Berbería, y no rara en Andalucía, que propaga el mismo paciente, que mendiga la caridad entre los viajeros, cuyos ojos se sienten sobresaltados y doloridos por lo que al principio parece una inmensa y cancerosa boa constrictor”.
José María de Ybarra Gutiérrez de Caviedes
Este abandono y desorden del hospital tuvieron su final en 1864 cuando el industrial vasco asentado en Sevilla, José María de Ybarra Gutiérrez de Caviedes (1816-1878), quien sería vicepresidente de la Diputación y alcalde de Sevilla, patrocinó las obras de reparación que reformaron profundamente el edificio. Según la tesis de Fernando Vilaplana, el proyecto de dicha reforma fue realizado por el arquitecto Balbino Marrón. Es de esta fecha la incorporación al hospital de las hermanas de la Caridad para el cuidado de los enfermos.
Aún recuerdo como me sorprendió aquel arco tapiado con un mosaico de azulejos que representa a San Lázaro en su iconografía como leproso, con sus castañuelas y sus llagas producidas por la enfermedad que lamen los perros que le acompañan. Luego supe que aquello había sido la puerta de entrada a la iglesia que había sido desmontada de su lugar original a raíz de las obras de ampliación que se hicieron en el siglo XVIII y que cubrieron por esta parte la iglesia. Dicho mosaico está datado hacia 1760 pero se desconoce a quien se debe la pintura y la fabricación de los 42 azulejos que lo componen. Posteriormente el recrecimiento del nivel de la calle obligó a tapiarla pues no tenía función alguna y siendo el acceso a la iglesia a través del hospital.
No menos extasiada quedé la primera vez que tuve la ocasión de acceder al patio interior de la zona histórica del hospital, que por aquellas fechas aún se consideraba como de origen mudéjar. Investigaciones posteriores han determinado que las galerías de dicho patio fueron construidas durante el siglo XX, por lo que no tienen su origen en el arte mudéjar. Según esa investigación la galería oeste fue construida entre los años 1927 y 1929 dirigiendo sus obras el arquitecto de la Diputación Antonio Gómez Millán, mientras que la galería norte se construyó entre 1972 y 1973 cuando Álvaro Gómez de Terreros ocupaba aquel puesto de arquitecto. (Me remito al artículo de Federico Arévalo Rodríguez y Fernando Vilaplana Villajos, “Datación del supuesto patio mudéjar del hospital de San Lázaro de Sevilla. Ejemplo de aporte a la disciplina arquitectónica en un estudio patrimonial interdisciplinar”).
No quiero terminar esta entrada sin dejar reflejada en ella unos recuerdos fotográficos que he encontrado en la red en mis investigaciones para escribirla, pues en el fondo si los primeros en olvidar somos nosotros, qué podemos esperar de los demás. Aquella tapia que circundaba parte del hospital y junto a la que caminaba para dirigirme a él; la fotografía más antigua que se conserva del hospital, año 1904, en la que aparecen los enfermos en el patio donde realizaban su recuperación; una imagen de 1931 con médicos y enfermeras en el patio; y por último y sobre todo la imagen de aquellas monjitas que, de una manera u otra, me ayudaron durante mi tiempo de permanencia en aquel hospital. Sor Juana, de pie a la derecha de la imagen junto a otra monja con gafas, un encanto, toda ternura y delicadeza para el trato con los enfermos, o sor Margarita, en primer plano arrodillada y con gafas, de carácter un poco más severo, era la encargada de la farmacia y quien nos controlaba.
María T. Velasco